Cada noche, poquito después de las diez, saco a pasear a Toco, mi perro. No me gusta su nombre, pero ante la insistencia de mi familia y mi incapacidad para encontrar otro mejor, quedó como Toco. Ahora me avergüenzo, cuando tengo que presentarlo y decir que se llama Toco.
Toco conoce la hora de su paseo. Es la felicidad de su día. Duerme la tarde entera y, cuando despierta, se arrastra como un sonámbulo, golpeando los muebles al tambalearse. Pero cuando terminan las noticias, sabe que su momento se aproxima. Comienza a dar brincos, mueve la cola con euforia y ladra hacia la ventana. Corre hasta a mí y me mira, ansioso.
- Todavía no, Toco- le digo – Debes ejercitar la paciencia. Paciencia es lo que más necesitamos. El mundo andaría mejor, si hubiera más paciencia.
Toco comprende. Resignado, se echa a mis pies, pero no deja de lanzarme miradas suplicantes. No me conmueven. Conozco su carácter, soy casi como su padre. Tengo que educarlo y no me dejo embaucar por sus trucos.
A las diez y media en punto, apago el televisor, me levanto de la mesa y me estiro las mangas. Le digo:
- Ven, Toco, vamos a caminar. A ver qué nos depara la noche.
Toco no cabe en sí de la emoción. Da vueltas por el living como un poseso. Dos o tres vueltas y se abalanza dentro de su pieza, de donde sale con su pañuelo colgando del hocico. Es un pañuelo feísimo, pero el pobre no se da cuenta. Se lo regaló mi mamá para su primer cumpleaños. Desde entonces, es parte de la ceremonia. A pesar del azul chillón y de los corazones estampados, el pañuelo ennoblece la figura del perro. Tan orgulloso se siente de él, que al llevarlo su porte es más distinguido, su panza parece menos fofa y sus movimientos son algo menos atolondrados.
El trayecto lo variamos cada vez. En eso nos parecemos con Toco: a ambos nos gusta la aventura. Hay noches en las que caminamos por el parque hasta Irarrazabal. Miramos con asombro los locales llenos de borrachos, que nos intimidan con su desparpajo. Pero lo que más nos gusta es caminar por las calles del barrio y observar dentro de las casas. A los que miran televisión a oscuras y a los que duermen abrazados. Es como vivir varias vidas en una sola noche.
Todas las noches terminamos en el mismo lugar: la placita Bernarda Morín, al lado de mi casa. Y es que Toco tiene una polola allí. Se conocen hace tres meses y me parece que su amor es verdadero.
Llegamos antes que ella. Esa es una costumbre de caballeros. Yo me siento en un banco y prendo un cigarrillo. Toco olisquea por los rincones, trata de comer basura o se persigue la cola. Al rato, le digo:
-¡Mira, Toco, tu novia!
Toco lanza una mirada que pretende ser despreocupada y hace como si no viera. Sigue en lo de antes, como si nada pasara, pero yo sé que está nervioso.
A lo lejos, la perrita lo mira con las orejas alzadas. Es una bonita perra, rubia y de ojos celestes. Su pelo siempre parece recién lavado. Corre hacia Toco y le olisquea el trasero. En segundos, están persiguiéndose por la plaza, lanzándose ladridos coquetos, enamorados. Doña teresa, la dueña de la perrita, se sienta a mi lado y me sonríe.
- Que bonitos son- me dice.
- Son muy bonitos.
Doña Teresa debe tener unos sesenta años. Es regordeta y tiene la cara colorada. Sus ojos son chiquitos y brillan cuando sonríe. Sonríe con la cara entera. Pero siempre se viste de negro. Algún día le preguntaré por qué.
Miramos a los perros. Su alegría nos contagia.
- Hoy día, su perro está más tranquilo- me dice doña Teresa.
- Está muy tranquilo. Demasiado tranquilo. Espero que no esté enfermo. Si sigue así, voy a llamar al doctor.
- Dios no lo quiera. Uno sufre por ellos como por los propios hijos.
Doña Teresa baja la vista hacia sus manitos, que se mueven como si tejieran con el aire. Levanta la vista de golpe. Noto que está preocupada.
- ¿Está vacunado, su perrito?
- Por supuesto que está vacunado. Tiene todas las vacunas al día. Ni una le falta.
Doña Teresa suspira aliviada. Volvemos a mirar a los perros.
Laica (así se llama ella) es mucho más ágil que Toco. Toco es un grandulón bastante torpe. Tonto, incluso. Laica es una perrita despierta. Sus ojitos brillan con inteligencia y sus movimientos son ágiles y precisos. Me sorprendo que esté enamorada de Toco.
- ¡Mírela, qué inmoral!- exclama doña Teresa, y es verdad. Laica se ha acostado de espalda con las patas abiertas. Toco la olfatea con curiosidad, muy serio.
Doña Teresa da tres enérgicas palmadas y la perrita se pone de pie. Mira a Toco con resentimiento, como diciendo “¡Mira las cosas que me haces hacer!”. Al cabo de un rato, están jugando como antes.
- Su perro no hace cosas malas- me dice doña Teresa, sonriendo.
- No, no hace cosas malas. Es un perro muy decente.
Los perros ahora se han cansado. Miran cada una hacia su lado, ignorándose mutuamente. Quizá qué estarán pensando. Doña Teresa mira el cielo. Se levanta.
- Ya es muy tarde. Buenas noches, hijo.
- Buenas noches, doña Teresa.
Doña Teresa llama a la perrita y caminan juntas hacia la oscuridad. Prendo un cigarrillo y verifico el paso lento de la anciana y toda la energía innecesaria del animal: corre diez metros y se devuelve otros veinte. Mientras, la mujer continúa su caminar, inmutable.
Cuando las veo perderse en la esquina, siento una gran tristeza. Mañana tendré que volver a despertar.
sábado, 7 de marzo de 2009
miércoles, 3 de diciembre de 2008
domingo, 24 de agosto de 2008
Informe: La Componedora Saida
Fue mi tía la que nos habló de Saida, la componedora. Mi abuela habló después. Escuchamos con asombro y escepticismo las historias de sanación. “Saida, la mujer que soba”, le decían.
Había heredado el don de su madre; lo ejercía desde muy pequeña. Trataba a futbolistas, señoras de edad e incluso a doctores. Con Carolina iríamos a verla al día siguiente.
Llevábamos poco tiempo en Coquimbo y sus calles, excepto las más concurridas, nos eran ajenas. Esperamos el taxi colectivo durante quince minutos en vano: las indicaciones de mi tía o eran incorrectas o las habíamos mal entendido. Preguntamos a un transeúnte dónde tomar el colectivo y nuevamente llegamos a un lugar falso, donde no transitaban autos ni peatones.
Nos topamos con un anciano cuyas palabras nos desconcertaron aún más: ir para “allá”, llegar a la bomba, subir, ir al almacén, caminar por la calle de los Valdivia hasta una esquina. Pero eso no nos convenía: quedaríamos en una posición en la que tendríamos que hacer un trayecto más largo, pasear por todo el centro en el auto y probablemente nos cobrarían más caro. Por eso, sostenía el anciano antes de contradecirse de nuevo, lo mejor era “seguir por acá”, llegar a la iglesia y preguntarle al curita por los colectivos a San Juan.
Mientras hablaba, el anciano hacía gestos imprecisos con las manos, que lo mismo podían significar una dirección como la otras. Carolina se impacientaba: el dolor de su pierna aumentaba. Caminaba a duras penas y le costaba tenerse de pie. Preguntamos la dirección a cada persona que nos topamos y todos nos daban una versión distinta. De alguna forma, nos topamos con un colectivo que decía “San Juan”.
-¿A dónde van?- El colectivero usaba lentes de sol. Por algún motivo contenía la risa. ¿Era algo que había escuchado en la radio? ¿Nuestro aspecto? ¿Se había dado cuenta de que no éramos de allí?
- Jesús Salvador 369, por favor.
Puso el auto en marcha mientras nos miraba por el espejo retrovisor.
- ¿Les puedo preguntar dónde van?
- A ver a Saida, la mujer que soba. Una componedora.
El hombre pareció entusiasmarse.
- Yo voy donde la Marta- dijo. –Es que soy de Ovalle. Y un día me empezaron a doler los riñones. No podía quedarme sentado, de lo fuerte que era el dolor. Y fui donde la Marta. Y listo: la mujer me quitó el dolor. O sea, me lo cambió de lado: del costado derecho al izquierdo. Pero después empecé a sangrar. Me salía sangre en la orina, entiende? Al hospital tuve que llegar. Pero era buena ella. Marta se llamaba. Para que sepan.
En Jesús Salvador había feria. El colectivero dijo que teníamos que atravesarla para llegar donde Saida.
Caminamos con optimismo, al comienzo, creyendo encontrarnos muy cerca: si estábamos en el número 300, el 369 no podía estar muy lejos. No tardamos en decepcionarnos: después del 200 venía el 28, y a este le seguía el 68. Luego el 23. La numeración no tenía sentido. ¿Qué hacer? Volvernos no tenía sentido. Habíamos invertido dinero y tiempo: la tarde comenzaba a declinar. Sólo nos quedaba preguntar.
La mujer de un negocio afirmó que la componedora atendía junto al motel “No Sé”, pero ignoraba cómo llegar a éste. Otra señora dijo que nunca había escuchado hablar de Saida, pero que en El Llano (de donde veníamos) atendía una tal Marta, que también hacía sanaciones. “Dicen que es muy bueno, pero yo nunca he ido. Es que dicen que es muy sucia. Pero dicen que es buena”. Un barrendero nos dijo que debíamos caminar un par de cuadras, doblar hacia la izquierda y caminar tres cuadras más. El tipo se había confundido y creía que buscábamos a la esposa de un tal Vicente Saida.
Desistimos. Caminábamos de regreso abatidos, Carolina cojeando por el dolor que había aumentado por la caminata y yo rumiando sobre mi indisciplina e incapacidad de trabajo, cuando distinguimos una casa con las puertas abiertas de par en par. En el living, señoras de edad parecían esperar turno. Esa era la casa de Saida.
Nos sentamos entre las señoras. Una nos sonrió, la otra nos miró de reojo. Se abrió la puerta de una habitación, salió una mujer cojeando y quejándose y desde adentro una voz dijo “la que sigue”. Entró la mujer sonriente. La otra se nos quedó mirando.
- Son extraños sus zapatos- me dijo.
Me los miré.
- Si- reconocí- pero me gustan.
La mujer hizo un gesto de desagrado y se acomodó en el sillón. Nos preguntó de dónde éramos.
- Éramos de Santiago, pero ya no.
- ¿Estudiantes?
- Yo estudio composición- le dije.
- ¿Arregla huesos?
- Estoy aprendiendo.
Al rato le tocó su turno. Con Carolina nos quedamos solos. Miramos la sala, el cuadro de colores chillones frente a nosotros y el florero con flores de plástico. Nos miramos buscando alguna respuesta. Apreté su mano y ella arqueó las cejas.
En ese momento apareció doña Saida, despidiendo a la mujer. “No olvide las infusiones”, se despidió.
Doña Saida era una mujer de aspecto germánico. Usaba delantal y llevaba el cabello tomado.
- ¿La puedo acompañar?- le pregunté.
- ¿Es su esposa?
- No, todavía no.
- Entonces no.
Condujo a Carolina tomada del brazo. Alcancé a ver un cuarto a media luz, con las paredes tapizadas con imágenes religiosas. Sentí (o creí sentir) olor a mirra, a incienso y a especies. Luego la puerta se cerró.
Había heredado el don de su madre; lo ejercía desde muy pequeña. Trataba a futbolistas, señoras de edad e incluso a doctores. Con Carolina iríamos a verla al día siguiente.
Llevábamos poco tiempo en Coquimbo y sus calles, excepto las más concurridas, nos eran ajenas. Esperamos el taxi colectivo durante quince minutos en vano: las indicaciones de mi tía o eran incorrectas o las habíamos mal entendido. Preguntamos a un transeúnte dónde tomar el colectivo y nuevamente llegamos a un lugar falso, donde no transitaban autos ni peatones.
Nos topamos con un anciano cuyas palabras nos desconcertaron aún más: ir para “allá”, llegar a la bomba, subir, ir al almacén, caminar por la calle de los Valdivia hasta una esquina. Pero eso no nos convenía: quedaríamos en una posición en la que tendríamos que hacer un trayecto más largo, pasear por todo el centro en el auto y probablemente nos cobrarían más caro. Por eso, sostenía el anciano antes de contradecirse de nuevo, lo mejor era “seguir por acá”, llegar a la iglesia y preguntarle al curita por los colectivos a San Juan.
Mientras hablaba, el anciano hacía gestos imprecisos con las manos, que lo mismo podían significar una dirección como la otras. Carolina se impacientaba: el dolor de su pierna aumentaba. Caminaba a duras penas y le costaba tenerse de pie. Preguntamos la dirección a cada persona que nos topamos y todos nos daban una versión distinta. De alguna forma, nos topamos con un colectivo que decía “San Juan”.
-¿A dónde van?- El colectivero usaba lentes de sol. Por algún motivo contenía la risa. ¿Era algo que había escuchado en la radio? ¿Nuestro aspecto? ¿Se había dado cuenta de que no éramos de allí?
- Jesús Salvador 369, por favor.
Puso el auto en marcha mientras nos miraba por el espejo retrovisor.
- ¿Les puedo preguntar dónde van?
- A ver a Saida, la mujer que soba. Una componedora.
El hombre pareció entusiasmarse.
- Yo voy donde la Marta- dijo. –Es que soy de Ovalle. Y un día me empezaron a doler los riñones. No podía quedarme sentado, de lo fuerte que era el dolor. Y fui donde la Marta. Y listo: la mujer me quitó el dolor. O sea, me lo cambió de lado: del costado derecho al izquierdo. Pero después empecé a sangrar. Me salía sangre en la orina, entiende? Al hospital tuve que llegar. Pero era buena ella. Marta se llamaba. Para que sepan.
En Jesús Salvador había feria. El colectivero dijo que teníamos que atravesarla para llegar donde Saida.
Caminamos con optimismo, al comienzo, creyendo encontrarnos muy cerca: si estábamos en el número 300, el 369 no podía estar muy lejos. No tardamos en decepcionarnos: después del 200 venía el 28, y a este le seguía el 68. Luego el 23. La numeración no tenía sentido. ¿Qué hacer? Volvernos no tenía sentido. Habíamos invertido dinero y tiempo: la tarde comenzaba a declinar. Sólo nos quedaba preguntar.
La mujer de un negocio afirmó que la componedora atendía junto al motel “No Sé”, pero ignoraba cómo llegar a éste. Otra señora dijo que nunca había escuchado hablar de Saida, pero que en El Llano (de donde veníamos) atendía una tal Marta, que también hacía sanaciones. “Dicen que es muy bueno, pero yo nunca he ido. Es que dicen que es muy sucia. Pero dicen que es buena”. Un barrendero nos dijo que debíamos caminar un par de cuadras, doblar hacia la izquierda y caminar tres cuadras más. El tipo se había confundido y creía que buscábamos a la esposa de un tal Vicente Saida.
Desistimos. Caminábamos de regreso abatidos, Carolina cojeando por el dolor que había aumentado por la caminata y yo rumiando sobre mi indisciplina e incapacidad de trabajo, cuando distinguimos una casa con las puertas abiertas de par en par. En el living, señoras de edad parecían esperar turno. Esa era la casa de Saida.
Nos sentamos entre las señoras. Una nos sonrió, la otra nos miró de reojo. Se abrió la puerta de una habitación, salió una mujer cojeando y quejándose y desde adentro una voz dijo “la que sigue”. Entró la mujer sonriente. La otra se nos quedó mirando.
- Son extraños sus zapatos- me dijo.
Me los miré.
- Si- reconocí- pero me gustan.
La mujer hizo un gesto de desagrado y se acomodó en el sillón. Nos preguntó de dónde éramos.
- Éramos de Santiago, pero ya no.
- ¿Estudiantes?
- Yo estudio composición- le dije.
- ¿Arregla huesos?
- Estoy aprendiendo.
Al rato le tocó su turno. Con Carolina nos quedamos solos. Miramos la sala, el cuadro de colores chillones frente a nosotros y el florero con flores de plástico. Nos miramos buscando alguna respuesta. Apreté su mano y ella arqueó las cejas.
En ese momento apareció doña Saida, despidiendo a la mujer. “No olvide las infusiones”, se despidió.
Doña Saida era una mujer de aspecto germánico. Usaba delantal y llevaba el cabello tomado.
- ¿La puedo acompañar?- le pregunté.
- ¿Es su esposa?
- No, todavía no.
- Entonces no.
Condujo a Carolina tomada del brazo. Alcancé a ver un cuarto a media luz, con las paredes tapizadas con imágenes religiosas. Sentí (o creí sentir) olor a mirra, a incienso y a especies. Luego la puerta se cerró.
domingo, 18 de mayo de 2008
exégesis
Después de ejercer durante un año de párroco, el doctor Vargas, teólogo y psiquiatra, fue procesado por exégesis ilícita. Nada lo hacía prever, así como nada jugaba a su favor: con los jueces (con cada uno en particular) había tenido graves enfrentamientos en su época de estudiante, de la que ya se informará en otra ocasión. Además pesaban sobre él las acusaciones de borracheras frecuentes, numerosos disturbios teóricos y el haber sido sorprendido manteniendo relaciones sexuales “sin siquiera tener la delicadeza de quitarse la sotana”. A nadie sorprendió la condena, tampoco a él: quince años y un día de reclusión en la torre que la orden poseía en el instituto psiquiátrico Aschenbach, en la novena región.
Fueron años de una monotonía casi mística. La torre, construida a base de macizas y mohosas piedras, era tan fría durante la noche como en el día, en el invierno como en el verano. A pesar de que el instituto tenía sus cimientos en medio de un bosque de araucarias y la cordillera no estaba lejos, nada de esto veía el teólogo: su celda estaba diseñada de tal forma que al asomarse el doctor por la ventana, lo único a su vista fuera otra torre, exactamente igual a la suya, pero que en lugar de la ventana poseía un espejo. Así, al asomarse el doctor, lo único visible era la imagen de sí mismo, con el cabello cada vez más largo, los ojos más silenciosos y el rostro cada vez más marchito.
Su compañía se reducía al criado encargado de entregarle la comida y retirarle los excrementos, una vez a la semana. Era un hombre encorvado, de nariz rojiza y mirada inexpresiva. Una vida entera entregada al cuidado de los enfermos y los oscuros pasillos le habían privado el habla. Cuando, en los primeros meses, el doctor Vargas le hacía alguna pregunta, más para escuchar una voz que por saber la respuesta, sólo recibió gruñidos y gesticulaciones al borde de lo humano.
El doctor temía al ostracismo. Recordaba a su padre, que los últimos años de su vida había sufrido una parálisis y, a pesar de conservar el raciocinio, estuvo condenado al silencio. Y sus ojos, desde entonces, no reflejaron sino este dolor.
El doctor decidió preservar el habla escribiendo, y al no tener papel, lo hizo sobre las paredes, usando una pequeña piedra para esculpir sobre ellas. Lo hizo durante años, dándose por satisfecho por esculpir una palabra de lo que él consideraba su diario cada tantas semanas, hasta que descubrió que la labor de todo ese tiempo difícilmente podía ser leída; más bien, asemejaba un grabado indígena. Desde ese día se contempló en el espejo de la torre del frente, hasta el punto que le pareció que la imagen que veía no era su reflejo, sino el mundo, cada vez más estático y pequeño.
Fueron años de una monotonía casi mística. La torre, construida a base de macizas y mohosas piedras, era tan fría durante la noche como en el día, en el invierno como en el verano. A pesar de que el instituto tenía sus cimientos en medio de un bosque de araucarias y la cordillera no estaba lejos, nada de esto veía el teólogo: su celda estaba diseñada de tal forma que al asomarse el doctor por la ventana, lo único a su vista fuera otra torre, exactamente igual a la suya, pero que en lugar de la ventana poseía un espejo. Así, al asomarse el doctor, lo único visible era la imagen de sí mismo, con el cabello cada vez más largo, los ojos más silenciosos y el rostro cada vez más marchito.
Su compañía se reducía al criado encargado de entregarle la comida y retirarle los excrementos, una vez a la semana. Era un hombre encorvado, de nariz rojiza y mirada inexpresiva. Una vida entera entregada al cuidado de los enfermos y los oscuros pasillos le habían privado el habla. Cuando, en los primeros meses, el doctor Vargas le hacía alguna pregunta, más para escuchar una voz que por saber la respuesta, sólo recibió gruñidos y gesticulaciones al borde de lo humano.
El doctor temía al ostracismo. Recordaba a su padre, que los últimos años de su vida había sufrido una parálisis y, a pesar de conservar el raciocinio, estuvo condenado al silencio. Y sus ojos, desde entonces, no reflejaron sino este dolor.
El doctor decidió preservar el habla escribiendo, y al no tener papel, lo hizo sobre las paredes, usando una pequeña piedra para esculpir sobre ellas. Lo hizo durante años, dándose por satisfecho por esculpir una palabra de lo que él consideraba su diario cada tantas semanas, hasta que descubrió que la labor de todo ese tiempo difícilmente podía ser leída; más bien, asemejaba un grabado indígena. Desde ese día se contempló en el espejo de la torre del frente, hasta el punto que le pareció que la imagen que veía no era su reflejo, sino el mundo, cada vez más estático y pequeño.
martes, 13 de mayo de 2008
Casino Eclesiástico
INFORME: CASINO ECLESIÁSTICO
Después de tiempo indefinido, en la forma de dos enanos tomados de la mano en la playa, llegué al casino, construcción estilo bauhaus y propiedad de los fantasmas eclesiásticos que contaba con tres pisos de tragamonedas.
El primero estaba destinado a los hombres de iglesia. Sobre los campaneos y las risas metálicas se escuchaba apenas la música de Bach. En el gran letrero luminoso se sucedían persiguiéndose los siguientes versos:
Recuerdo la muerte nítida como ayer y recuerdo la vida informe como mañana
Curioso y sediento, me dirigí a la barra para sentarme junto a un cura sin crucifijo que murmuraba para sí mismo sobre una piscola a medio tomar. Sonreí, mitad contento, mitad irónico, al notar su religiosidad y cuando trajeron mi cerveza alcé el vaso hacia él, en cuyo rostro nació una triste sonrisa.
- Todos los curas sonríen así- dije.
- Deformación profesional- y volvió a sonreír.
No encontré qué decir y permanecí observándolo, sin que se percatara: rostro regordete y lampiño, ojos entre verde oscuro y celeste claro y pelo largo y descuidado. Giró lentamente la cabeza hacia mí y, después de enfocar la vista, me dijo:
- Hoy, perdí hasta a Dios.
Había escuchado que los religiosos eran aficionados a ese tipo de juegos porque en el movimiento constante y uniforme del brazo izquierdo y en la observación meticulosa de las figuras cambiantes, encontraban un inquieto apaciguamiento místico en el que Dios se comunicaba con ellos, si bien confusamente. Le pregunté acerca de la paradoja de haber perdido a Dios al buscarlo.
- Misteriosas son sus sendas- dijo con una nueva sonrisa, quizá maliciosa ahora y, comprendiendo que no podría sacar más en limpio, me dirigí al segundo nivel, donde se esparcían los hijos de los hombres de religión.
Las máquinas estaban prácticamente abandonadas y, entre nubes de humo, se discutía de existencialismo, nihilismo y fútbol. Aburrido, me disponía a subir las escaleras crujientes hacia el último piso, cuando un muchacho que se tambaleaba y vestía de sacristán me dijo con voz clara:
- El ateísmo es liberación, pero la religión es libertad.
Asintió a sí mismo y se alejó gesticulando.
El último piso no tenía más de quince metros de largo y tres de ancho y estaba destinado a las mujeres cuyos vientres habían engendrado de los religiosos hijos suicidas. Sobre cada máquina había un televisor y los sonidos de estos se confundían con los boleros. Entre las mujeres descubrí a la madre y a la abuela de José Rodríguez, que bebiendo café conversaban con amplias sonrisas y ojos que brillaban de pena.
- Todo está perdido- decía una – Todo está perdido, amor- cantaba la otra y en el rito parecían reanimarse. Cuanto noté que habían encontrado suficiente sosiego me acerqué a ellas y prendimos al mismo tiempo un cigarrillo. Me invadió una enorme ternura al ver sus rostros de otros tiempos.
Recordando que habían conocido a mi padre, comprendieron que yo era el niño esmerado en atrapar palomas mediante complejos mecanismos.
- ¿Tuviste suerte alguna vez?- me preguntaron.
- Viví diez años de eso, vendiéndolas a un pintor al que se le había muerto la mujer.
- ¡Qué triste, muy triste!- dijeron al unísono.
- Sí, pero hizo buenos cuadros. Muy buenos, aunque algo repetitivos.
- ¿Dónde estudiaste?
- Me especialicé en varias partes, por ahí, por allá... mi padre siempre pensó que la psiquiatría era lo mío.
- ¡Oh, oh, oh!- exclamó la mayor y su cuerpo se contorsionó en risas que hicieron llorar a la otra mujer.
- Ya púh, que me preocupa.
La otra continuó el juego ahogando apenas las risas.
- Anda a almorzar a la casa el día que quieras, las puertas están abiertas- dijo la madre de José Rodríguez cuando se despidió.
La recordé mientras caminaba junto al mar, furioso pero calmo, y pensando en su hijo sentí tristeza y solté tres lágrimas al descubrir una deteriorada foto en mis manos. Aparecía ella, mucho tiempo atrás, sosteniendo en sus brazos a José Rodríguez, desnudo y bebé. A pesar de que los ojos habían sido arrancados de la imagen, se traslucía una felicidad que no alcancé a comprender. La fotografía ardió hasta las cenizas y el viento arremetió como mensajero.
Después de tiempo indefinido, en la forma de dos enanos tomados de la mano en la playa, llegué al casino, construcción estilo bauhaus y propiedad de los fantasmas eclesiásticos que contaba con tres pisos de tragamonedas.
El primero estaba destinado a los hombres de iglesia. Sobre los campaneos y las risas metálicas se escuchaba apenas la música de Bach. En el gran letrero luminoso se sucedían persiguiéndose los siguientes versos:
Recuerdo la muerte nítida como ayer y recuerdo la vida informe como mañana
Curioso y sediento, me dirigí a la barra para sentarme junto a un cura sin crucifijo que murmuraba para sí mismo sobre una piscola a medio tomar. Sonreí, mitad contento, mitad irónico, al notar su religiosidad y cuando trajeron mi cerveza alcé el vaso hacia él, en cuyo rostro nació una triste sonrisa.
- Todos los curas sonríen así- dije.
- Deformación profesional- y volvió a sonreír.
No encontré qué decir y permanecí observándolo, sin que se percatara: rostro regordete y lampiño, ojos entre verde oscuro y celeste claro y pelo largo y descuidado. Giró lentamente la cabeza hacia mí y, después de enfocar la vista, me dijo:
- Hoy, perdí hasta a Dios.
Había escuchado que los religiosos eran aficionados a ese tipo de juegos porque en el movimiento constante y uniforme del brazo izquierdo y en la observación meticulosa de las figuras cambiantes, encontraban un inquieto apaciguamiento místico en el que Dios se comunicaba con ellos, si bien confusamente. Le pregunté acerca de la paradoja de haber perdido a Dios al buscarlo.
- Misteriosas son sus sendas- dijo con una nueva sonrisa, quizá maliciosa ahora y, comprendiendo que no podría sacar más en limpio, me dirigí al segundo nivel, donde se esparcían los hijos de los hombres de religión.
Las máquinas estaban prácticamente abandonadas y, entre nubes de humo, se discutía de existencialismo, nihilismo y fútbol. Aburrido, me disponía a subir las escaleras crujientes hacia el último piso, cuando un muchacho que se tambaleaba y vestía de sacristán me dijo con voz clara:
- El ateísmo es liberación, pero la religión es libertad.
Asintió a sí mismo y se alejó gesticulando.
El último piso no tenía más de quince metros de largo y tres de ancho y estaba destinado a las mujeres cuyos vientres habían engendrado de los religiosos hijos suicidas. Sobre cada máquina había un televisor y los sonidos de estos se confundían con los boleros. Entre las mujeres descubrí a la madre y a la abuela de José Rodríguez, que bebiendo café conversaban con amplias sonrisas y ojos que brillaban de pena.
- Todo está perdido- decía una – Todo está perdido, amor- cantaba la otra y en el rito parecían reanimarse. Cuanto noté que habían encontrado suficiente sosiego me acerqué a ellas y prendimos al mismo tiempo un cigarrillo. Me invadió una enorme ternura al ver sus rostros de otros tiempos.
Recordando que habían conocido a mi padre, comprendieron que yo era el niño esmerado en atrapar palomas mediante complejos mecanismos.
- ¿Tuviste suerte alguna vez?- me preguntaron.
- Viví diez años de eso, vendiéndolas a un pintor al que se le había muerto la mujer.
- ¡Qué triste, muy triste!- dijeron al unísono.
- Sí, pero hizo buenos cuadros. Muy buenos, aunque algo repetitivos.
- ¿Dónde estudiaste?
- Me especialicé en varias partes, por ahí, por allá... mi padre siempre pensó que la psiquiatría era lo mío.
- ¡Oh, oh, oh!- exclamó la mayor y su cuerpo se contorsionó en risas que hicieron llorar a la otra mujer.
- Ya púh, que me preocupa.
La otra continuó el juego ahogando apenas las risas.
- Anda a almorzar a la casa el día que quieras, las puertas están abiertas- dijo la madre de José Rodríguez cuando se despidió.
La recordé mientras caminaba junto al mar, furioso pero calmo, y pensando en su hijo sentí tristeza y solté tres lágrimas al descubrir una deteriorada foto en mis manos. Aparecía ella, mucho tiempo atrás, sosteniendo en sus brazos a José Rodríguez, desnudo y bebé. A pesar de que los ojos habían sido arrancados de la imagen, se traslucía una felicidad que no alcancé a comprender. La fotografía ardió hasta las cenizas y el viento arremetió como mensajero.
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martes, 29 de abril de 2008
Monólogo de Soares, contemplando que se esfuma su vida
Cómo los días se arrastran. Uno tras otro, los días se arrastran. Los atardeceres se arrastran. Después la noche. ¿Cómo? Una despedida es la última. Siempre. ¿Me he despedido? Siempre.
Cómo la gente corre. Uno tras otro, y corre tras sí misma. Se corre tras uno, un atardecer de otoño en una micro sin rumbo. Viendo a la gente correr tras sí misma, sé que he corrido tras mi vida y no he tenido destino. ¿Cuántas veces no me sedujo la nada? ¿Y cuántas veces no corrí las calles como quien baila un vals, gritando un amor grande por nada?
Llegará Moisés. A los trece trae ejercicios pautados con corales angelicales de estribillo y desenlaces desacompasados. Lo echaré luego.
Se cierran los negocios, se animan los bares. Después amanece.
Qué vasto el cielo, aunque nublado. Volveré a una casa en penumbras, a escuchar un televisor que no entenderé y por la pared que conecta mi casa con otra casa, desconocida, escucharé a las personas que no escucharé. En algún punto, Rodríguez también volverá a casa, Vargas también volverá a casa, y ni uno recordará. Que los demás están vivos, que tras cada pared brilla el sol, aunque la noche.
¿Sabe José quién es? ¿José es José? A veces, viendo sus ojos he visto desiertos y, en ocasiones, al desierto lo poblaban estrellas. Pero, ¿he visto a José? ¿Existe José?
Un hombre de terno puede ir de la oficina a la casa durante cincuenta años y después ver televisión. ¿Ha existido? No. ¿Ha sido feliz? Sí. Yo, ¿he existido?
He hecho música. Incluso me he vanagloriado de ello. ¿Qué es la música? Agitar el aire. ¿Qué se hace, sino agitar el aire? El aire es un gran sol. Y también he llorado. Cuando murió mi padre y cuando murió mi perro, lloré un día de madrugada. Y cuando he llorado, lo he sentido: una fogata en medio de la nada, fogata cuya leña es el sufrimiento. ¿Hay arte sin sufrimiento? ¿Hay vida sin arte? ¿Hay vida?
Sé, sin embargo, que mi vida ha estado al margen de la vida. Hay quienes nacen para ser felices y hay quienes nacen para sufrir. Los primeros no ven y los segundos son luces. Pero esa luz sólo conduce a su propio infierno.
Llegará Fernanda, la haitiana, la amiga de Moisés, la correosa y negra Fernanda a percutir su bongó hasta que mis nervios arrojen el instrumento al rincón y a ella a la puerta.
Sonidos dudosos, aplicación extraña de las matemáticas. ¿De dónde? De otro mundo, mundo al margen de este mundo. Otro mundo. Bilz y Pap. ¿Mundo de qué? De soledad y belleza, resplandor. Y sí, he sido feliz y he sido ciego, ciego de tanta luz, dentro y fuera de mí, y me he fundido con la luz. Entonces he visto a la humanidad, esa misma humanidad que se revolcaba entre la mierda y la mierda, y esa humanidad sufría, sin tener motivo para sufrir, y por eso era humanidad, y por eso quise abrazar a la humanidad. El día siguiente deshacía la ilusión. Masas de carne que se mueven por haber nacido para el movimiento. Y permanecí estático y conocí el cielo y el infierno. Angustitud.
Llegará Vargas. Con los ojos saltones como volando y las manos aleteantes. Manos temblorosas, viene a mí porque tiene manos temblorosas. Toca acordes temblorosos porque yo toco con manos temblorosas.
Subí al cielo a cazar ángeles. Los traje y los regalé. Después me escupieron la cara. Un ángel; animalito que se enjaula en un jardín. Un adorno, y luego el tedio.
Si cierro los ojos en la noche, veo mañanas luminosas. Si abro los ojos en la mañana, veo noche. Y veo temor donde vi alegría y veo alegría donde vi tristeza.
He despertado muchas veces y he muerto otras tantas. Y como el impío agonizante termina por confesarse, me he confesado. Balbuceando. He despertado bailando con las mascotas y en la bruma. ¿Y estos recuerdos, qué son? Se me acelera el corazón, se me agita la respiración, voy a comer chocolate. ¿Luego? Olvido quien soy y quien he sido. Prefiero olvidar.
Un poco de compañía en el silencio. Y en el frío. Hay caminos largos y es bueno conversar. En el frío. Poder conversar. Conversar con Vargas, con Moisés o con Fernanda. Pero parece imposible. Cuando dos personas caminan el mismo camino, nunca caminan el mismo camino, y nunca caminan el mismo camino porque nunca son la misma persona, y si son distintas personas tienen distintas intenciones y no caminan el mismo camino.
En los asientos de al lado, dos escolares tomadas de la mano. Dedos finitos enlazados como culebras. La una rubia y la otra morena. La morena con pechos pequeños y la rubia con muslos generosos que no oculta. En la cama, ella sería la que se entrega. La morena disfrutaría masturbándola al borde del masoquismo, con sonrisa brillante. La mamá de la morena y la mamá de la rubia sonreirían al ver a sus hijas tan amigas, y las incitarían a alojar en la misma pieza. ¿Morbosamente? No tendrían más de doce años. ¿Qué será en cincuenta? ¿Se les amargará la cara? ¿Se les caerá el cuerpo hasta el suelo? ¿Serán abuelitas cariñosas, de esas que uno abraza las noches de invierno? ¿Las querrá alguien? ¿Y qué son sino dos escolares tomadas de la mano, en una micro otoñal? Ni eso son, ni nada más. Me miran las dos con desprecio, recorro sus cuerpos en cada detalle, aspirando vigoroso cuando imagino sus pechos, sus piernas, sus pubis, antes de resoplar con disgusto y levantarme con paso tambaleante para detener la micro. He llegado a casa. La casa me espera. Angustitud.
Cómo la gente corre. Uno tras otro, y corre tras sí misma. Se corre tras uno, un atardecer de otoño en una micro sin rumbo. Viendo a la gente correr tras sí misma, sé que he corrido tras mi vida y no he tenido destino. ¿Cuántas veces no me sedujo la nada? ¿Y cuántas veces no corrí las calles como quien baila un vals, gritando un amor grande por nada?
Llegará Moisés. A los trece trae ejercicios pautados con corales angelicales de estribillo y desenlaces desacompasados. Lo echaré luego.
Se cierran los negocios, se animan los bares. Después amanece.
Qué vasto el cielo, aunque nublado. Volveré a una casa en penumbras, a escuchar un televisor que no entenderé y por la pared que conecta mi casa con otra casa, desconocida, escucharé a las personas que no escucharé. En algún punto, Rodríguez también volverá a casa, Vargas también volverá a casa, y ni uno recordará. Que los demás están vivos, que tras cada pared brilla el sol, aunque la noche.
¿Sabe José quién es? ¿José es José? A veces, viendo sus ojos he visto desiertos y, en ocasiones, al desierto lo poblaban estrellas. Pero, ¿he visto a José? ¿Existe José?
Un hombre de terno puede ir de la oficina a la casa durante cincuenta años y después ver televisión. ¿Ha existido? No. ¿Ha sido feliz? Sí. Yo, ¿he existido?
He hecho música. Incluso me he vanagloriado de ello. ¿Qué es la música? Agitar el aire. ¿Qué se hace, sino agitar el aire? El aire es un gran sol. Y también he llorado. Cuando murió mi padre y cuando murió mi perro, lloré un día de madrugada. Y cuando he llorado, lo he sentido: una fogata en medio de la nada, fogata cuya leña es el sufrimiento. ¿Hay arte sin sufrimiento? ¿Hay vida sin arte? ¿Hay vida?
Sé, sin embargo, que mi vida ha estado al margen de la vida. Hay quienes nacen para ser felices y hay quienes nacen para sufrir. Los primeros no ven y los segundos son luces. Pero esa luz sólo conduce a su propio infierno.
Llegará Fernanda, la haitiana, la amiga de Moisés, la correosa y negra Fernanda a percutir su bongó hasta que mis nervios arrojen el instrumento al rincón y a ella a la puerta.
Sonidos dudosos, aplicación extraña de las matemáticas. ¿De dónde? De otro mundo, mundo al margen de este mundo. Otro mundo. Bilz y Pap. ¿Mundo de qué? De soledad y belleza, resplandor. Y sí, he sido feliz y he sido ciego, ciego de tanta luz, dentro y fuera de mí, y me he fundido con la luz. Entonces he visto a la humanidad, esa misma humanidad que se revolcaba entre la mierda y la mierda, y esa humanidad sufría, sin tener motivo para sufrir, y por eso era humanidad, y por eso quise abrazar a la humanidad. El día siguiente deshacía la ilusión. Masas de carne que se mueven por haber nacido para el movimiento. Y permanecí estático y conocí el cielo y el infierno. Angustitud.
Llegará Vargas. Con los ojos saltones como volando y las manos aleteantes. Manos temblorosas, viene a mí porque tiene manos temblorosas. Toca acordes temblorosos porque yo toco con manos temblorosas.
Subí al cielo a cazar ángeles. Los traje y los regalé. Después me escupieron la cara. Un ángel; animalito que se enjaula en un jardín. Un adorno, y luego el tedio.
Si cierro los ojos en la noche, veo mañanas luminosas. Si abro los ojos en la mañana, veo noche. Y veo temor donde vi alegría y veo alegría donde vi tristeza.
He despertado muchas veces y he muerto otras tantas. Y como el impío agonizante termina por confesarse, me he confesado. Balbuceando. He despertado bailando con las mascotas y en la bruma. ¿Y estos recuerdos, qué son? Se me acelera el corazón, se me agita la respiración, voy a comer chocolate. ¿Luego? Olvido quien soy y quien he sido. Prefiero olvidar.
Un poco de compañía en el silencio. Y en el frío. Hay caminos largos y es bueno conversar. En el frío. Poder conversar. Conversar con Vargas, con Moisés o con Fernanda. Pero parece imposible. Cuando dos personas caminan el mismo camino, nunca caminan el mismo camino, y nunca caminan el mismo camino porque nunca son la misma persona, y si son distintas personas tienen distintas intenciones y no caminan el mismo camino.
En los asientos de al lado, dos escolares tomadas de la mano. Dedos finitos enlazados como culebras. La una rubia y la otra morena. La morena con pechos pequeños y la rubia con muslos generosos que no oculta. En la cama, ella sería la que se entrega. La morena disfrutaría masturbándola al borde del masoquismo, con sonrisa brillante. La mamá de la morena y la mamá de la rubia sonreirían al ver a sus hijas tan amigas, y las incitarían a alojar en la misma pieza. ¿Morbosamente? No tendrían más de doce años. ¿Qué será en cincuenta? ¿Se les amargará la cara? ¿Se les caerá el cuerpo hasta el suelo? ¿Serán abuelitas cariñosas, de esas que uno abraza las noches de invierno? ¿Las querrá alguien? ¿Y qué son sino dos escolares tomadas de la mano, en una micro otoñal? Ni eso son, ni nada más. Me miran las dos con desprecio, recorro sus cuerpos en cada detalle, aspirando vigoroso cuando imagino sus pechos, sus piernas, sus pubis, antes de resoplar con disgusto y levantarme con paso tambaleante para detener la micro. He llegado a casa. La casa me espera. Angustitud.
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jueves, 17 de abril de 2008
otro poema de aschenbach
Si consideramos que este mundo es un accidente de Dios…
Si consideramos que este mundo ha crecido en el desamparo y las sombras…
Si consideramos que este mundo ha aprendido a valérselas por sí mismo y así descubrió
el valor y la fascinación por la muerte
y la naturaleza , ciega de orgullo, creó las epidemias y los asesinatos entre hermanos
para así
mantenerse en la eternidad
y vemos que nuestras creencias y nuestro espíritu son hijos de la carne
que se descompone
descubrimos (¡oh, libre descubrimos!) que nuestros pensamientos,
cada una de nuestras convicciones, que cada descubrimiento
es una falacia de la misma naturaleza para preservar la única verdad,
que es luminosa: Dios
A. Aschenbach, Tratado sobre las Cosas y las Gentes (1758)
Si consideramos que este mundo ha crecido en el desamparo y las sombras…
Si consideramos que este mundo ha aprendido a valérselas por sí mismo y así descubrió
el valor y la fascinación por la muerte
y la naturaleza , ciega de orgullo, creó las epidemias y los asesinatos entre hermanos
para así
mantenerse en la eternidad
y vemos que nuestras creencias y nuestro espíritu son hijos de la carne
que se descompone
descubrimos (¡oh, libre descubrimos!) que nuestros pensamientos,
cada una de nuestras convicciones, que cada descubrimiento
es una falacia de la misma naturaleza para preservar la única verdad,
que es luminosa: Dios
A. Aschenbach, Tratado sobre las Cosas y las Gentes (1758)
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